sábado, 25 de mayo de 2013

Palabras para una vida 47



La realidad vista en perspectiva
No puedo asegurar que me enamorase de María Dolores. Posiblemente cualquier mujer que me hubiera aceptado habría logrado lo mismo. De lo que estoy convencido es que me enamoré de mí. Pero fue ella la que me descubrió y la que consiguió que me encontrara después de 16 años de búsqueda.

A los besos siguieron las caricias y, a éstas, las sábanas. No hicimos el amor, pero por primera vez sentí el amor más puro, inocente y generoso. No buscábamos nada del otro, sólo nos entregamos sin reserva. Nos dimos por el puro placer de salir de nosotros y entrar en la esfera del tú. 

Mi familia, la playa, la belleza de Mijas, el sol y el mar fueron el escenario perfecto para el renacer de un alma atormentada, pero fue el cuerpo joven y fresco de una muchacha el que convirtió en insignificantes mis valores más sagrados. La luz y hermosura del agosto mijeño palideció ante la dulzura de sus ojos y de nuestros deseos de compartirnos.

Me respetó y aprendí a respetarme. Me amó y aprendí a amarme. Me creyó y aprendí a confiar en mí. Se desnudó en cuerpo y alma y aprendí a desnudarme.  Me ofreció su bondad y saqué lo mejor de mí para no volver a guardarlo jamás. Me abrió sus puertas y derribé mis murallas.

Nací del vientre de mi madre, pero renací ese verano de la mano de María Dolores.

Quizás no la amé, pero nunca la olvidaré. 

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